(Post inspirado por Chiru en este escrito)
Era una bonita fiesta de cumpleaños. Era un chiquito de tres años por aquella época. Cuando uno es pequeño, es como solía decir Cortázar, alguien que no tiene nada detrás de los ojos. Pero, aún con el paso de los años, ese era su primer recuerdo de la infancia. La primera vez que él recordaba haber peleado.
Rápido, se movió sobre los techos, con una agilidad que no creía poseer. Se asomó en el último tejado, mirando por el borde del techo. Allí los vió. Sabía lo que iban a hacer, lo que querían llevarse. Se preguntó si era válido detenerlos. Se dijo que sí.
El chico de flequillo lo había estado mirando todo el rato. Él había estado tranquilo. Sus papás lo habían advertido sobre su comportamiento, ya que conocían su carácter inquieto. Aún así, el “flequilludo” lo tenía medido. Dos años más grande, le había dicho a otros chicos “a este boludo le voy a meter una piña”. Aterraba pensar en un pibe tan chico con esa actitud. ¿Cómo sería cuando creciera?
Siempre pensó como sería, al ser mayor, si esa fantasía del héroe sería posible. Se ajustó la máscara y se lanzó a la calle. Los ladrones no daban crédito a sus ojos, tomados por sorpresa por el enmascarado. Golpeó al primero de los tres, que cayó pesadamente. Al segundo, lo hizo girar de una certera patada. Pero fue tan rápido, tanta la emoción, que no contó con el tercero. Se movió para ubicarlo. Estaba tras él, listo para golpearlo a traición.
“Flequillo” se abalanzó sobre él. Le daría flor de piña. Ya se regodeaba en la cara del chiquito. Se lo imaginaba llorando. Cuanta malicia. Tal vez lo habían enardecido las charlas de su viejo, cuando contaba como “surtía” a los demás pibes del colegio y como lo recordaba, como una verdadera hazaña. Ya lo tenía a tiro. Ni la veía venir.
PAF!!!, así habría sonado si hubiera sido una viñeta de un comic. Pero la realidad era más dura que las aventuras de Batman. El chorro no lo podía creer. Le había detenido el golpe con el antebrazo. Él sintió el dolor, recorriendolo. Pero la rabia pudo más. Le manoteó el palo y el otro atinó a cubrirse como un perro que se escapa con la cola entre las patas. Lo miró. Le dió en las piernas con el palo y cuando lo tuvo en el suelo lo maniató. Después se fue, mientras una imagen le venía a la mente.
Cuando vio la mano quiso cerrar los ojos. Lo hizo. El golpe nunca llegó. Su papá detuvo al chico del flequillo, justo a milímetros de que le pegara. El padre del otro pibe, al verlo, se abalanzó sobre ellos. Todavía se acuerda. Papá lo miró con una rabia contenida, sabedor de la verdadera responsabilidad del incidente. Los pibes heredan a sus padres. Algunos eligen hacerla fácil y repiten errores. Otros la tienen difícil, buscando lo correcto. El tipo se fue con flequillito. Y él abrazo al viejo, y lo escuchó.
“Estate atento, acordate que te vas a topar con gente así en el futuro. Defendete. No los busques. Ok?”
Miró desde la altura a los frustrados criminales. La policía estaba llegando. No se sonrió. Se acordó del flequilludo y meneó la cabeza.