Habia una vez un circo
Que alegraba siempre el corazón…

Había una vez un joven payaso, que todas las noches hacía reír a todo su público con sus monerías y chistes. Todos se preguntaban por el secreto don que le permitía siempre tener ideas frescas y divertidas. En realidad, no había ningún secreto. El payaso vivía muy feliz y contento con su vida y a diferencia de otros como él, su máscara no escondía ninguna tristeza.
Todas las noches, al terminar la última función, él se iba a su carromato a escribir todas las ideas para el día siguiente. Era su pasión repartir su alegría, sus creaciones, su risa. Tenía muchos seguidores. El futuro era próspero y promisorio.
Pero –siempre hay un pero- el tiempo fue pasando… El payaso fue perdiendo su chispa. Él era consciente de ello, más que nadie. Sus actos ya no eran tan divertidos. Como todo artista, lo veía en la reacción del público. De hecho, las cosas se le empezaron a ir de las manos. Cada nueva función era un fiasco mayor.
Su humor se había empezado a teñir de un amargo sarcasmo. Sus chistes eran de una virulencia que lastimaba. La gente empezó a rechazarlo. Él se volvió un ogro, un verdadero ogro. Si veía desaprobación para con alguna parte de su acto, se ponía a discutir y a gritarle a los espectadores.
El viejo dueño, que lo conocía desde que era un niño, le llamó la atención. Le preguntó cuál era su problema. No recibió respuesta alguna. El payaso se fue dando un portazo. Cuando estuvo solo se dio cuenta que el problema no estaba en que los demás no lo entendieran. Él era incapaz de entenderse.
Esa noche se fue del circo.
En esos años, conoció a una mujer y tuvieron un hijo. El pequeño era vivaz y travieso. Pero nuestro payaso, aunque al principio era feliz, se dejó aplastar por la rutina y volvió a ser un gruñón, quejoso y malhumorado.
Un día, mientras miraba unas fotos viejas, se dio cuenta lo mucho que extrañaba el circo. Decidió volver. Pero era difícil. No encontraba la inspiración para ello. Entonces, se puso a buscar su maquillaje y su disfraz. Los buscó por toda la casa y no podía encontrarlos. Hasta que unos ruidos lo guiaron hasta la habitación de su hijo. Lo encontró vestido con su traje y pintado como un pequeño payaso.
Miles de cosas le vinieron a su mente. Quiso enojarse. Enseguida se acordó de cuando él era un niño. Las fotos viejas de sus cumpleaños. De sus visitas al zoo. De su infancia. En todas reía. Ahí estaba la inspiración que buscaba. En la inocencia, en el juego. En recordar las cosas buenas del pasado y a la vez poder dejarlas atrás para buscar algo nuevo. Eso era lo que lo hacía ser tan creativo, a pesar de lo difícil que era tener ideas nuevas. Ahí, en el medio de la habitación estaba su inspiración. Su hijo. Su amor, que le había dado a ese pequeño. Su nueva familia.
Sonrío. No se enojó. Sabía que nada volvería a ser como antes, pero no por ello lo nuevo debería ser malo. Sólo diferente. Volvió a sonreír. Se dio cuenta que estaba llorando. Miró nuevamente a su hijo.
-Payasito- dijo.
Y lo abrazó.

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