La miro entera, sin enteder. De niño solía maravillarme y disfrutar con cada vuelta. Y aunque no es la misma de mi infancia, esta tal vez se parezca, igual que todas. La calesita del barrio, de la plaza vieja y sin mejorar, en la que estoy ahora, es una antigüedad. Tal vez al dueño no le importa esta reliquia. Sólo es su fuente de ingresos. Por eso será, supongo, que hay herrumbre en todos sus remaches, sus cochecitos están a medio pintar, se descascaran los dibujos sin gracia de viejos ídolos infantiles, hay falta de luces, hay un color deslucido en su apariencia…es sólo una vieja calesita, nada más.
Y sin embargo, ahí están todos los pibes, jugando. Les parece, aún, algo divertido. No importa nada más. Aunque no haya más luz y la “cale” se quede inmóvil, para los chicos seguirá siendo un motivo más para jugar. Para que el día no termine. Para rezongarle a los papás y las mamás que “una vuelta más, má” es posible. La tristeza de volver a la vida normal. De que la parte mágica de un día lleno de juegos se quede ahí, dormida en la plaza…
Creo que la calesita de mi niñez era igual a esta, vieja y herrumbrada. Pero que importa. En algún rincón viejo y alegre de mi memoria sigue siendo el lugar más bello donde pasar la tarde. Con mis hermanos. Com mis papás. Con otros chicos. Siendo eso…sólo un chico.

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