La esclavitud no se abolió.
Se redujo a ocho horas por día (como mínimo)
Karl Marx, tomando mates en Luis Guillón, 1916


¿Cuándo dejamos de ser personas? A mi juicio, cuando perdemos la dignidad. Esto viene a cuento de las relaciones laborales. Cientos de responsabilidades se reparten en los trabajos, pero sólo unos pocos se hacen cargo de ellas. Al igual que en otros órdenes de la vida, los cretinos que no hacen nada, no son los que abundan, pero son los que a la larga pesan.
¿Y que queda para el que se la pasa laburando? Antes que la lástima hacia estos especímenes, cabe la crítica, sagaz y mordaz: los otros se rascan, de alguna manera, gracias a estos pelandrunes.
No me malinterpreten, yo pertenezco a esa fauna. Más de una vez me he consagrado a tareas titánicas, para no obtener ningún reconocimiento (un gracias hubiera bastado) mientras mis compañeros la pasaban bien.
Pero esta patología se agrava cuando el eterno laburante se convence de que el trabajo es la razón de su existencia, hasta puntos increíbles de pasar horas extras allí (sin ninguna remuneración, no hay muchos lugares que paguen extras ¿Escuchó, señor presidente?).
Creemos que si nos vamos antes perjudicaremos a nuestro patrón, que la empresa espera todo de nosotros, que nos van juzgar como malos empleados por parar a comer, no nos levantamos ni para ir al baño; mientras otro compañero juega a los jueguitos con el celular, otro mira porno por la web. Si llegás a revisar tu mail, te autoflagelás en el medio de la oficina y delante de tu jefe. Si llegas cinco minutos tarde, un harakiri para lavar el honor sagrado de tu asistencia perfecta. Si la PC no anda, usala así, porque no se te puede ocurrir trabajar dignamente, ¡aguantá callado!
Por suerte, estoy en vías de recuperación. Y como todo enfermo que experimenta mejoría, no puede sino condolerme de aquellos incapaces de relajarse un poco. No digo que hagan como los otros indolentes haraganes; simplemente, no se lo tomen tan a pecho.
El día que te rajan…nadie te pregunta cuanto trabajaste.

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