-Eso, eso…
-No es un bicho, acostate, dale.
-Eso.
-Es un agujerito en la pared, te lo dije mil veces.
-Eso.
-No pongás excusas, acostate.

Un pucherito y mira enojado. Maldito fruncir de ceño, genético tenía que ser. Mi maldita cara de malo en él.

-Está bien, te voy a contar un cuento y me voy a quedar hasta que te duermas.

Había una vez un perrito muy chiquitito. Era así porque era un cachorrito. Tenía las orejas y las patitas grandotas, pues cuando son cachorros parecen de ese modo, lo que los hace más chistosos. Él se la pasaba correteando todo el día. Cuando llegaba la noche, si un perro da vueltas para dormir, este daba varias más. Era un problema que se fuera a dormir. Vivía en la misma casa que un chico. Este chico era el hijo único de una pareja que trabajaba todo el día. A él tampoco le gustaba irse a dormir. Quería que los juegos se prolongaran todo el día, que no terminaran nunca. Pero…siempre hay un pero…el pibe se iba a descansar sólo si lo acompañaba su perro. Este dormía en una canasta a los pies de la cama del pequeño. Al perro tampoco le costaba dormirse, siempre que lo tuviera cerca al muchacho. Y pasaron los años, el chico se hizo hombre y el cachorro creció. Un buen día, el que fue niño se fue a vivir con su mujer y su hijo y dejó al perro. Pero él siempre lo esperaba cuando venía a visitarlo…

-…
-Se durmió.

Pensaba en Nano, mi perro. Lo dejé en casa de mis viejos. Ahí se murió. Y no estuve… Se me hizo un nudo en la garganta. Me puse triste. Y pedí:

-Por favor, cuidá a mi hijo. Dale.

Y me acosté. Y Nanito se quedó con el bebulito, jugando en sueños.

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